Narra Anna
Una vez Cris me cuelga
me levanto del sofá lo más rápido posible y voy directa a la habitación, allí
abro el armario y cojo unos vaqueros ajustados y una sudadera gris.
Una vez me he vestido
voy al baño, me veo al espejo… Madre mía… que pelos… y sin maquillaje… Pero me
da igual, si Cris me ha dicho que Dani me necesita es por algo así que me hago
una coleta alta despeinada y me dirijo lo más rápido que puedo al calzador que
está en el descansillo que hay en la entrada del piso, lo abro y allí cojo mis
Converse grises que me ha regalado Dani por Navidades. Sonrío. “Sé que eres más de tacones pero yo soy más
de converses” me dijo él. Que idiota
que es a veces…
Me los calzo, cojo
encima de la mesita del pasillo las llaves del coche, voy corriendo al salón y
allí cojo el móvil que meto en el bolsillo de la sudadera y de paso que voy
dirección a la puerta de salida cojo de nuevo encima de la mesilla las llaves
del piso y me pongo dirección al ascensor.
Lo llamo, y después de
unos segundos que para mí son como minutos me adentro en él. Marco el menos dos
y luego introduzco el código que pide.
Arranco el coche,
salgo del garaje y me pongo dirección al piso de Dani.
Y aquí está el
problema, ¿dónde aparco yo? Esto siempre está tan lleno… Doy un par de vueltas
a la manzana y gracias a los espíritus que hoy están de mi parte, sale un coche
justo enfrente de la puerta de entrada del piso de Daniel. Pues ahí que aparco.
Maniobro un poco,
marcha atrás, marcha adelante, giro un poquito marcha atrás, un nada hacia
adelante y… - ¡APARCAOOO! – digo en lato a lo Amador.
Una señora, justo en
ese preciso momento, va dirección a la entrada del edificio, salgo del coche
cual ninja y hecho una carrera hacia allí, una vez me he agarrado de la puerta
para no darle la opción a cerrarse, cierro el coche que es automático. Biiien,
pienso para mí.
Dani vive en el
tercero… Que pereza subir por las escaleras… Sólo la carrera que me he hechado
hace escasos segundos ya hace por todo el ejercicio del día, así que espero por
el ascensor.
Las piernas me
tiemblan. Aquí estoy. Parada. En frente de la puerta del piso de Dani.
Indecisa. Sin saber qué hacer. ¿Llamo? ¿Salgo corriendo a mí casa? ¿Por qué me
necesita a mí y no a Cris?
No lo entiendo…
Que aproveche la oportunidad…
¿Qué oportunidad?
Supongo que las
respuestas están entre las cuatro paredes de éste piso…
TIN TON, TIN TON. Dos
veces pulso ese timbre…
-
¿Quién? – noto tristeza
en su voz… Con una simple palabra, una sola, ya puedo saber cual es su estado
anímico. Lo conozco bien, muy bien.
No contesto. Ahora sólo
espero que me abra.
Narra Dani
Joder… ¿Quién coño
será a esta hora? El mundo no puede entender que no me apetece estar con nadie,
¿no? Quiero estar sólo… Pensar…
Nadie contesta a mi
pregunta, ni un simple y patético “yo” que al final y al cabo no aclara nada…
Me dirijo a la puerta
y cuando estoy en frente de ella, abro la mirilla… Esa cabellera rubia… Sólo
puede ser de una persona. Abro la maldita puerta que nos separa.
Si, es ella, una leve
sonrisa se dibuja en mi cara.
Menos mal que no querías ver a nadie… me recuerda mi yo interior. Es que ella no
es nadie, ese es el problema, le reprocho. Y
si es ella, ¿Dani? No puede ser posible que no te apetezca ver a nadie sobre la
faz de la Tierra pero a ella sí…
-
¿Estás bien? – me dice
con su dulce voz… Se acerca y me da un abrazo. Un abrazo que creí que no
necesitaba, pero ahora me doy cuenta de que si. Me aferro a sus caderas y la
estrecho fuerte entre mis brazos. Una vez la he soltado procedo a hablar.
-
Bueno… Pasa… Ahora te explico. – y siento la
necesidad de contarle todo. Necesito desahogarme para así quedar más tranquilo.